Ayer cuando iba caminando por la calle empezó a llover y casi enseguida empezó a soplar un viento muy fuerte. Me levantaba la saya y me alborotaba el pelo. Me refugié en un portal. Había otras personas esperando a que escampara. Un par de muchachas que seguramente no querían despeinarse ni mojar sus ropas y dos viejitos que a lo mejor les preocupaba enfermarse. Y de repente me dí cuenta de que no quería ser como ellos. Si no me preocupaban esas cosas, ¿qué hacía ahí esperando también? ¿Esperando qué?
Salí caminando sin abrir la sombrilla. Todo lo que hice para defenderme del viento fue quitarme la liga que traía en el pelo y amarrarme un poco la saya con ella.
Me empapé. Debo haber estado cómica con el pelo mojado y pegado a la cara. Tenía los pies sucios. Y creo que la saya no volverá a ser tan blanca como antes. Pero nunca me alegré tanto de estar hecha un desastre. No sé ni cuánto tiempo hacía que no me bañaba en la lluvia.
No entré a la casa cuando llegué. Quería aprovechar todo lo que pudiera esa sensación. Estuve en el patio casi hasta que dejó de llover.
Lena me miraba. Meneaba el rabo y corría de un lado para otro en la terraza, pero no se animó a recibirme. ¿Será que somos tan predecibles como los perros?
Me aterra ser tan predecible. Y me aburre la gente que lo es. Pero es raro encontrar gente distinta. A veces la gente que me rodea me aburre. Me pongo los audífonos y vuelvo a estar sola. Ultimamente prefiero estar sola.
Ayer alguien entendió exactamente lo que quería decir cuando ni siquiera me estaba explicando bien… Hace rato que no conozco a alguien que no me aburra.